Quizá no me tendría que haber dado vuelta. Estaba caminando una mañana de verano por uno de esos pasajes poco transitados de la ciudad cuando lo vi bajarse de su camioneta. Era un tipo de unos 40 años, fachero, con aires de querer comerse el mundo o no sé qué. Me miró con particular atención, como queriéndome decir algo que yo no iba a escuchar. Aceleré, quizá sin comprender que esa sombra iba a seguirme durante dos cuadras, paso a paso. Me di vuelta y ahí estaba, detrás de un auto que justo me había cedido el paso. Cuando ya no hubo auto que se interpusiese entre los dos, se me acercó, arrinconándome, y me preguntó el nombre. Lo único que me vino a la cabeza fue un forward que había recibido hace dos días: "¡Fuego! ¡Fuego!". No, no podía gritar eso. Seguí caminando y me metí en un quiosco con cabinas. Y le conté esta misma historia a mi amiga L.Ahora, me pregunto... ¿qué necesidad?


